Eric Cannata - Young The Giant

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Just Saying…

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Young the Giant - “Apartment” In The Open Session (by YoungtheGiant)

Así fue mi primer beso, la única diferencia: fue bajo la mesa del estudio de arte de mi colegio con una niña llamada Dennis ;)

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UN ÁRBOL ROSA

Esa tarde ya cansado de estudiar me decidí por una copa en mí bar favorito, después de hacer un par de llamadas sin sentido opté por ir solo, sé que es absurdo, pero ya no importa la verdad, acostumbro a llevar libros en mi maleta pero ya los que tenía en casa los había releído un par de veces, algunos hasta tres o más, ellos ya se cansaban de contarme las mismas historias de gente que vive entre amor y magia o realidades fijas en nuestras cabezas, en nuestras vidas, realidades en las que muchos de nosotros no queremos creer, al final de todas las clases tediosas tome el transmilenio y baje como de costumbre en la estación de los héroes, un monumento a personas que entregaron su vida por una patria desagradecida, caminando hacia el bar seguía la ruta habitual, incluso seguía una serie de protocolos que me llevaban a salvo a mi destino (manifestando así mi problema con el orden), salía de la estación y siempre tomaba las escaleras de la derecha para subir al puente, muchas personas tomaban las de la izquierda pero continuamente recordaba que mi tía me decía que uno como buen ciudadano toma siempre la derecha, me preguntaba si los que tomaban la escalera izquierda no tendrían tías que les enseñaran esas cosas de buen peatón, subía y miraba el techo de la estación lleno de basura, una breve distracción ,mi objetivo después de iniciado mi protocolo era llegar al bar por un ruso blanco, al llegar al final del puente escogía si bajar por las escaleras o la rampa, en ocasiones decidía bajar por la rampa, en otras prefería la escalera, últimamente prefería bajar por la rampa ya que al final de la primera parte de ella hay un árbol al que me gusta pasar a arrancarle una hojita, la que posteriormente guardo en el bolsillo y después olvido, termino de bajar y sigo caminando, cruzo la pequeña plaza a reventar de gente que espera el viernes para poder salir a descansar de una semana agitada, de un mes agotador y de una vida de satisfacciones superficiales, una vida sin sentido y de afanes.

Seguía mi ruta y siguiendo mis protocolos compre un cigarrillo, este liberaba en mí lo que el niño bueno que conoce mi familia jamás haría, pero contándoles un secreto, aquel niño ya llevaba mucho tiempo agonizando herido de muerte por un amor crudo que aunque ya era un tema superado me hizo ver la vida desde otro punto de vista menos rosa y más gris, tomo el cigarro y mientras aspiro el humo revuelto con suspiros camino hacia el bar, un árbol rosado de fondo me detiene de pronto… siento mucha curiosidad, lo sé ¡un árbol rosado!, reacciono y avanzo, desde donde estoy veo que su tallo es un palo muerto ya hace años de color verde, lleno de agujeros redondos que puedo ver mientras más me acerco, un señor de edad lo sostiene por la base, veo las hojas y son de un color rosado recubierto por una especie de piel traslúcida, parece de textura suave, hojas como repollos de gasa o algo parecido, estas hojas se aferran al árbol por tallos pequeños y delgados que se ven frágiles, y no son verdes como el tallo, son más bien del color del palito de paleta que solíamos comer cuando éramos más pequeños, si la típica paleta de agua del parque, la que antes chupábamos hasta que se nos congelaba la lengua, esa paleta que preferíamos chupar porque nos pintaba de color la lengua con colores vibrantes y mata asmáticos (por la cantidad de colorantes el médico me la prohibió) el sabor y color mora azul,  la paleta de piña, la paleta de limón, del mismo color del palito de esos helados son estos palitos que sostienen estas hojas de color rosado, esto ya convertido en un espectáculo al que la gente que se acerca ve el árbol y sin preguntar van pagando por una de estas extrañas hojas, le quitan el recubrimiento traslúcido a la hoja y comienzan a comerse su interior cual si fuera un manjar muy difícil de encontrar, de casualidad y no sé si tenga que ver algo con el palito y la paleta pero estas hojas también pintan la lengua de color rosado, una señora de cabello blanco nada extraña por cierto, laboriosamente trabaja en reemplazar las hojas arrancadas por hojas nuevas, es como magia, crea en una olla gigante estas hojas rosadas, pude notar que así las hacia: tomaba el palito dentro de la olla y comienza a darle vueltas como si estuvieran agitando o revolviendo un liquido invisible, ¡funciona! Pienso yo y veo asombrado como la magia sucede ante mis ojos, el palito de estas hojas se va llenando de esa hoja rosada que se comienza a formar en el, una niña que le dice a la mujer de cabello blanco abuelita, le pregunta si quizás podría darle a comer una de estas hojas, a lo cual la señora no le hace el mayor caso, luego le pregunta si estas hojas podrían ser de otro color, quizás un color más de hojas de árbol como un verde oscuro como las hojas de los árboles del parque, aún así la señora de cabello blanco llamada abuelita no contesta a eso, y, la entiendo, hacer hojas de color rosado en una olla que no lleva nada adentro, agitando tan solo un palito debe exigir demasiada concentración y dedicación, decido por fin acercarme aún más, preguntar por este árbol de hojas rosadas y arriesgarme a probar una de ellas, de pronto ahora, así mágicamente entienda el mundo, una hoja mágica me ayudaría a ver el mundo de manera mágica, así lo demuestran todos los hechos mágicamente conocidos…

Una hoja rosada por favor – digo amablemente al señor que sostiene este árbol tan curioso.

Una ¿qué? – dice el señor en tono despectivo, como si de él me estuviera burlando.

Una hoja rosada – repito convencido – de las que están más arriba donde la luz de la luna les da más brillo – continuo –

Como quiera – contesta el señor más calmado.

Que sean dos – interrumpo mientras el señor se esfuerza por alcanzar las hojas de la copa – ¿cuánto cuestan ambas hojas? – pregunto.

Son 10mil por ambas – responde el señor.

Tome y muchas gracias – termino diciendo.

Pago el ínfimo valor por tan maravillosa obra de un árbol de tronco muerto que mantiene su color verde, de hojas rosadas y ramas color palito de paleta que crece en la noche bajo la luz de la luna y se hace en una olla gigante que no lleva nada adentro, por una señora llamada abuelita.

Comienzo a avanzar y antes de irme le ofrezco compartir conmigo una de las hojas a la niña que dice abuelita y pregunta porque las hojas no son de otros colores, sonriendo se la entrego y busco de nuevo mi camino, por lo menos ya tengo de que hablar cuando allí llegue, ¡casi lo olvido! Me devuelvo para preguntar el nombre del árbol al señor que arranca y vende sus hojas, pero antes de dejarme decir una sola palabra la niña con la boca untada de hoja rosada me contesta que el árbol por el cual voy a preguntar en realidad no es un árbol, es un arbusto y es el famoso arbusto de algodón de azúcar, es un arbusto porque produce muchas hojas, sus raíces no son ni tan gruesas ni tan profundas como las de un árbol, motivo por el que su abuelito lo sostiene y sus ramas son delgadas.

Sonrío y me voy probando mi hoja de arbusto de algodón de azúcar…